La dicha está en la transgresión. Reniego, transgredo, invoco a los dioses que me escuchan y obedecen: miro de ladito las tragedias.
Y sonrío.
La inteligencia me invita a renunciar, una convención insoportable resulta preferible a la transgresión, pero sólo se sostiene ante la posibilidad de transgredirla… y ahora que lo sé, elijo ser dichosa.
El drama de la elección no para ahí… mis deseos se cumplen.
La emoción y la razón están íntimamente relacionadas, no son enemigas (como antes pensé), son dos amantes que se consecuentan perversas, se besan apasionadamente mientras una dice: hazlo y la otra dice: sí.
Obedecen al mismo amo.
No he sido yo quien me he hecho,
No hay ni límites, ni culpa.
Dichosa yo.