Tardé tanto en llegar al hotel que los dos pensamos que no lo lograríamos. Dos horas nada más. Miles de kilómetros viajados al punto intermedio y sólo dos horas para estar juntos, a oscuras, en un sórdido cuarto de hotel de 4 estrellas que más bien parecían 3.
Toqué la puerta. Quién es?. Pues yo, a quién más esperas?. Abrió. Lo abracé. Me besó. Y logramos que esas dos horas parecieran mucho más y que esos miles de kilómetros desaparecieran por completo.
Después de estar desnudos en la cama y sonreír como locos, regresamos poco a poco a ser eso que no somos, para volver a hablar de la familia, del trabajo y separarnos otra vez, cada uno en un extremo de la habitación, volver cada uno a ese lugar a miles de kilómetros de distancia del otro.
Salimos como dos extraños, volteando a otro lugar, sonriendo. Sonrisa que no tardó mucho en desaparecer, cuando nos dimos cuenta que probablemente no volveríamos a vernos, que esos kilómetros, que esas familias, que esos trabajos, que el tiempo que no tenemos nos va a impedir volver a estar desnudos en una cama, sonriendo, siendo lo que somos, aunque sea por dos horas.