No podía dormir. El movimiento del bus me da comezón en la nariz y no puedo dejar de rascarme, por lo tanto no puedo dormir. Mi espalda chueca, además, me está dificultando hacer eso que tanto me gusta: viajar.
Pensé que al fin tendría 10 horas para leer mi libro, pero entre la comezón y la falta de luz en mi asiento resultó imposible (autobús horrible). Luego volví. Y me sentí tan sola... que al volver, lo mejor que pude encontrar en este pequeño y retorcido pueblo fue a mis crías.
La verdad no extraño ese ranchote del que vengo, no es eso. Es tal vez esa yo que dejé de ser. Las personas que me rodearon durante el festejo me recordaron cómo solía ser yo en aquella época, me sorprendí no siéndolo más, alguien que da miedo. ¿Por qué? fue la pregunta que les hice sonriendo. La respuesta fue una risa generalizada. Ahora doy risa. Me gusta.
Tampoco es que odie este retorcido y pequeño pueblo, es que el pequeño y retorcido pueblo me odia a mí (jajaja, tenía que escribirlo) y tiene sus muy válidas razones.
Es por eso que he decidido no dejar de documentar esta vida mía tan llena de errores, que la llenan de buenas historias que me permiten organizar este hervidero de pendejadas que tengo por cabeza, contando.
Otra vez. Ya qué.