En el 96, durante una fiesta en una casa ubicada frente a un parque dejé de querer a Rola.
Rola era un chico muy guapo, teníamos a todos los amigos en común. Lo conocí por eso, en otro parque, en donde jugábamos basquet. Y yo estaba loca por él, me gustaba tanto que no podía ni hablar frente a él. Me ponía nerviosa y más tonta de lo regular, todos lo sabían, incluyendo a Rola y a la mayoría le divertía bastante verme tartamudear frente a él. Yo era la única niña que jugaba con ellos, Rola, Lalo, Javier, Reynold, Román, Darwin, Sam, Coy, Ovidio... Cuando lo conocí teníamos 14.
Cuando entramos a la prepa dejé de ponerme tan nerviosa con él y pude al menos comenzar a saludarlo sin temblar. Javier, que era mi mejor amigo, estaba contento. Al parecer el sufría tanto como yo cuando me ponía nerviosa (desde la secundaria) y al parecer le molestaba mucho que se burlaran de mí, así que me defendía y cuando nos íbamos de la cancha me decía: eres cómo mi hermanito, no me gusta que se burlen y estás bien pendeja, ese wey qué?!
En aquella horrible fiesta, en el 96, había un micrófono en donde Nilda decía lo que se le iba ocurriendo, mandaba saludos, grosereaba gente y así... yo estaba en una banca, en el parque frente a la casa de la fiesta y Rola, con los demás, en otra... sentí que la sangre se me fue los pies cuando Nilda dijo con tono burlón: Un saludo para Rola... de Carol iiiiiuuuuuuuuu!!!
Me paré y me alejé. Javier, que estaba en la banca en donde estaba Rola, fue tras de mí.
Cuando me alcanzó le pregunté: "qué dijo?". No me quería decir, me dijo: "deja de actuar como tonta y ya. No le gustas, punto"
Batallé un montón, Javier, no me lo quiso decir. Me enteré por otra persona que estaba ahí. Rola dijo: "pendeja". Javier se enojó con él, volteó a ver que me paraba de la banca en la que estaba y se fue conmigo. Lloré un montón, sólo Javier lo supo, y me consoló diciendo que yo estaba muy bonita cómo para llorar por ese wey.
Dejé de saludar, hablar, temblar, querer a Rola. Así nomás. Lo dejé de querer y me dejó de gustar. Me alejé, dejé de jugar basquet con ellos, comencé a tener novios y a dejar de tener miedo de lo que dirían de mí. "Estás muy bonita cómo para llorar por ese wey, eres mi hermanito, yo te cuido" me decía Javier en mis quebrantos corazonales. Rolando se me acercó un día, me preguntó por qué le había dejado de saludar, y yo sin miedo le respondí: "porque soy una pendeja" y entendió. Trató de justificarse, me dijo que se lo decía a Nilda, que no me lo decía a mí. Ya era demasiado tarde. Mucho tiempo después lo encontré en una fiesta, me pidió mi teléfono, no se lo dí.
Javier siguió a mi lado, siguió siendo parte de mis mejores amigos. La última vez que ví a Rolando fue en la boda de Javier, en el 2008. No lo saludé.
Hace unos meses supimos que Javier padecía cáncer de estómago. Hoy ya no tiene estómago y tiene los días contados. Fui a su casa hace un par de semanas y me dijo: me da gusto verte feliz, hocicona, siempre has sido mi hermanita y me da un chingo de gusto verte feliz con tus niños.
No me rompí llorando frente a él porque pensé que si él era capaz de soportar el dolor que esa estúpida enfermedad causa, yo podía aguantarme y ser esta vez yo quien lo consolara.
Y cada día, desde hace dos semanas, me despierto con el temor de tomar el teléfono y ver el mensaje de su esposa avisando lo inevitable. Y quería contarle a la red que Javier me defendió desde los 13 años y que yo no sería quien soy hoy si no lo hubiera conocido. Y lo admiro tanto y lo quiero tanto, que necesitaba decirlo.