Durante los festejos de Yom Kippur, mientras dos cabras eran sacrificadas solemnemente, mi temor huyó por un momento. Subí al auto y conduje, conduje, conduje hasta ciudad infierno... dolor de espalda, horas al volante, esta vez me refugié en la amistad. Ella me dió asilo y me ofreció su casa, ofreció pintarme un cuarto de azul. Apagué el teléfono. Por la noche me preguntaba que hacía ahí, cual era mi casa, donde debía vivir entonces? Llanto. Evito pensar esas cosas, siempre termino en una palabra que no quiero volver a mencionar jamás; es sólo que la cabeza no hace caso, ni el estómago... y a veces ni los brazos (que puedo decir del páncreas, que es mudo además).
Al día siguiente fueron por mí, me encontraron. Nadie dijo nada. Hubo un intento de resistencia de mi parte, pero nada que no pudieran controlar en un segundo. Ahora este lugar es blanco. Todas las paredes son blancas. Si me porto bien y no trato de escapar de nuevo, algún día, pintarán un muro azul. Si no, no.
El temor si alcanzó a huir. Ahora no lo tengo. Ni al azul.
Contradictorio eso del perdón. Yo no perdono. Ni a mí misma.
La luna llena se acerca y el día de brujas también.
Azazel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario