Cuando me enteré de porqué el imbécil que iba frente a mí frenó tan de pronto, me cagué de la risa. Un tinaco, de 1200 litros, rodando por la orilla del carril de alta velocidad... al parecer iba a San Luis Potosí, tal vez a perderse o a ser encontrado, no pude llegar a una conclusión; igual me pareció extraño, un tinaco, rodando por la carretera, con rumbo a San Luis Potosí. En fin, yo iba al Establo de México a una capacitación. Me fui en mi polvorón porque me gusta conducir y me gusta conducir en carretera, distancias cortas, porque después de 4 horas me duele la espalda chueca que tengo. De regreso de la dichosa capacitación meditaba sobre mi amor hacia los árboles, por qué? dijo de pronto esa inconveniente vocecilla en mi cabeza... ellos tienen raíces, respondí. Fue casi una revelación, no lo había pensado. Y de pronto sentí una envidia tan grande de los árboles, inmóviles, anclados a un lugar. Es envidia? pensé. Después ví los árboles que delimitaban la carretera, HIPÓCRITAS! les grité. Sus hojas son blancas de un lado y verdes de otro... no te enojes con los árboles, me dijo la inconveniente vocecilla.
Por fin estoy donde quiero y donde necesito, medité. Por lo general me tocaba estar donde quería pero no en donde necesitaba, o estar donde necesitaba y no donde quería... por fin estoy en un lugar que reúne ambas propiedades... es así? me preguntó. No respondí. Me dió miedo.
Y esa noche lloré tanto que me dolieron los ojos.
Por fin estoy donde quiero y donde necesito, medité. Por lo general me tocaba estar donde quería pero no en donde necesitaba, o estar donde necesitaba y no donde quería... por fin estoy en un lugar que reúne ambas propiedades... es así? me preguntó. No respondí. Me dió miedo.
Y esa noche lloré tanto que me dolieron los ojos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario