Pensé que podría escribirte un mail y mantener al menos un contacto epistolar para calmar las ganas que tengo de saber de tí. Luego pensé que de seguro no responderías mis mensajes. Después me enojé y pensé que no soy tan mala, que yo no tuve toda la culpa, que tú fuiste el cobarde que no quiso dar la cara al final. Pero entonces me dije que no era cierto, que yo soy la mala, siempre lo he sido y siempre lo seré y que por lo que sea que sea, no me contestarás los mensajes, que da igual si te los escribo o no, que mejor me resigno a saberte lejos y a no tener contacto contigo nunca jamás, de ningún tipo, que mejor tendría que venir aquí a escribir que todos los días, al menos por un ratito pienso en tí y en lo mucho que me gustaría contarte que en la carretera, todos los días a las 3:58 pm veo un camión lleno de cerdos y que me parece sorprendente (sí, cada día). Que hay una calle por la que paso todas las mañanas en donde los lunes, miércoles y sábados hay entre 6 y 8 coches rojos (coches rojos, violencia, mi existencia flotando en el aire, colmillos, mamá). El resto de los días son solo 5.
Yo sé que no te importa, pero a veces me contento pensando que a tí te pasan cosas increíblemente asquerosas y que al menos una vez al día tienes que escupir porque algo huele feo o que un manco te hace recordar mi tos y que no tienes a quién contarle. Lo sé, obvio si tienes a quien contarle, pero a mi me contenta pensar que no... y que al final del día, tu también encuentras un minuto para pensarme y desear que siga siendo fuerte, lo suficientemente fuerte como para no escribirte y no romper este letargo pacífico en donde sin querer nos hemos quedado sin palabras que decirnos.
La resignación mi amor, es lo más espantoso que he conocido en estos 34 años. Ahora que la conozco, me doy cuenta de que toda esta estúpida teoría de los 3 años es y ha sido siempre una farsa. Como yo. Lo que te deja de importar es lo que no has amado, ya que como dice la canción: el tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor.
Entonces pensé, ¿hace cuanto que dejé de estar disponible?, ¿cuando me comencé a ocultar?.
"Hace mucho", respondió esa incómoda, intransigente e inconveniente vocecilla que a veces se parece mucho a lo que recuerdo de la voz que era de Gobolina.
Y entonces vine aquí, donde le pongo un sentido a cada pequeño detalle de lo que encuentro por ahí, donde puedo explicarlo y que me separa semánticamente de la locura.
Yo sé que no te importa, pero a veces me contento pensando que a tí te pasan cosas increíblemente asquerosas y que al menos una vez al día tienes que escupir porque algo huele feo o que un manco te hace recordar mi tos y que no tienes a quién contarle. Lo sé, obvio si tienes a quien contarle, pero a mi me contenta pensar que no... y que al final del día, tu también encuentras un minuto para pensarme y desear que siga siendo fuerte, lo suficientemente fuerte como para no escribirte y no romper este letargo pacífico en donde sin querer nos hemos quedado sin palabras que decirnos.
La resignación mi amor, es lo más espantoso que he conocido en estos 34 años. Ahora que la conozco, me doy cuenta de que toda esta estúpida teoría de los 3 años es y ha sido siempre una farsa. Como yo. Lo que te deja de importar es lo que no has amado, ya que como dice la canción: el tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor.
Entonces pensé, ¿hace cuanto que dejé de estar disponible?, ¿cuando me comencé a ocultar?.
"Hace mucho", respondió esa incómoda, intransigente e inconveniente vocecilla que a veces se parece mucho a lo que recuerdo de la voz que era de Gobolina.
Y entonces vine aquí, donde le pongo un sentido a cada pequeño detalle de lo que encuentro por ahí, donde puedo explicarlo y que me separa semánticamente de la locura.
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