Fue un día de Octubre. Lluvioso. Me dolía la cabeza. Por lo general los sábados me duele.
Hasta ese entonces me resultaba sumamente desagradable el contacto con humanos.
Una mujer de aproximadamente 70 años apareció en mi oficina, me contó una historia muy triste sobre como unos ladrones le robaron los muebles de baño de su casa y me conmovió su amabilidad. Cuando se fue me agradeció mi atención y me dió un abrazo. Me dejó una sensación no de desagrado, si no de violencia. Una violencia muy rara. Pacífica.
Entonces vino un compañero de trabajo, con el que todos los días peleaba. Me explicó que va a resolver todos los problemas por los que tengo que poner la cara a diario. Le dije que estaba cansada de sus promesas, que no podía confiar en él. El me dijo que era su responsabilidad que ya no me gritarían por su culpa, que le diera otra oportunidad para demostrármelo. Todo sonaba muy raro. Parecía que estaba hablando de otra cosa, no de garantías en construcción.
Me quedé observándolo, flaco, ojeroso. Lucía cansado, como si hubiera cargado durante mucho tiempo algo y acabara de soltarlo.
Entonces le dije: No has dormido verdad?. Y el me dijo: No. Temo por tí.
Y volteó a verme con una mirada de cachorro que hace mi hijo cuando me dice: te amo mami.
Desvié mi vista. Se agachó otra vez a ver la lista que tenía en las manos.
Entonces me puse de pie, le dí la mano, se puso de pie, lo abracé y me abrazó. Luego de un suspiro salió de mi oficina sin darme la cara.
Y jamás lo volví a ver.
Desde entonces, me gusta que me abracen.
Hasta ese entonces me resultaba sumamente desagradable el contacto con humanos.
Una mujer de aproximadamente 70 años apareció en mi oficina, me contó una historia muy triste sobre como unos ladrones le robaron los muebles de baño de su casa y me conmovió su amabilidad. Cuando se fue me agradeció mi atención y me dió un abrazo. Me dejó una sensación no de desagrado, si no de violencia. Una violencia muy rara. Pacífica.
Entonces vino un compañero de trabajo, con el que todos los días peleaba. Me explicó que va a resolver todos los problemas por los que tengo que poner la cara a diario. Le dije que estaba cansada de sus promesas, que no podía confiar en él. El me dijo que era su responsabilidad que ya no me gritarían por su culpa, que le diera otra oportunidad para demostrármelo. Todo sonaba muy raro. Parecía que estaba hablando de otra cosa, no de garantías en construcción.
Me quedé observándolo, flaco, ojeroso. Lucía cansado, como si hubiera cargado durante mucho tiempo algo y acabara de soltarlo.
Entonces le dije: No has dormido verdad?. Y el me dijo: No. Temo por tí.
Y volteó a verme con una mirada de cachorro que hace mi hijo cuando me dice: te amo mami.
Desvié mi vista. Se agachó otra vez a ver la lista que tenía en las manos.
Entonces me puse de pie, le dí la mano, se puso de pie, lo abracé y me abrazó. Luego de un suspiro salió de mi oficina sin darme la cara.
Y jamás lo volví a ver.
Desde entonces, me gusta que me abracen.
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