miércoles, 14 de enero de 2015

Adiós polvorón.

El día de ayer conduje por última vez ese automóvil apodado "el polvorón".

Lo compré en 2005. Con el apoyo (cobrado de mi aguinaldo) de mi madre. Un compañero de trabajo que se llamaba Rubén le nombró así debido a mi mala costumbre de meter al pequeño chevy a la obra en la que trabajaba, en el municipio de García, Nuevo León. La tierra ahí estaba suelta y se le pegaba a mi cochecito cada vez que iba presurosa a pelear a las oficinas de obra con los hilarantes Arquitectos que ahí se encontraban. Como siempre estaba lleno de polvo, le nombraron así, "polvorón".

Menté mil madres antes de que me lo entregaran. Me peleé en mi cabeza con toda la industria automotriz (porque yo, como toda adolescente reaccionaria en favor del medio ambiente, me negaba rotundamente a comprar ese foco de contaminación) y al final me lo llevaron a la casa de mi mamá y ese mismo día me subí, lo encendí y me fui. Sin saber conducir aún.
Al primer lugar que fui fue a un seven eleven por unas cervezas, batallé mucho para encontrar el modo correcto de meter reversa; cuando lo conseguí, fui por Javi, ese amigo con el que uno cuenta para esos pequeños detalles como conducir, que uno solo jamás descubriría. 
En menos de un mes lo choqué.

Aún recuerdo la foto, en la que una esquelética yo conducía sonriendo por primera ocasión una propiedad a mi nombre, con una deuda por los siguientes 4 años de mi vida.

Hace poco más de 10 años de eso y después de miles de increíbles aventuras, ayer me despedí de él. Unas horas antes de la despedida mi jefe me dijo: "ese carrito está bueno, el problema es que tú ya no lo quieres". 


Y lo vendí.


Adiós polvorón. Fue un placer.

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