Después del beso se me encendió una luz.
La monotonía se me rompió. Y la palabras, empolvadas, lucharon por salir de nuevo. Yo había logrado contenerlas por mucho tiempo, pero esta vez no puede y como mi boca tiene la firme indicación de mantenerse callada, fueron mis manos las que le escribieron lo mucho que lo extrañaba, lo mucho que lo amaba y lo mucho que me había dolido todo lo que ocurrió.
Me pidió paciencia, que no tengo. Pero ya ando buscando de donde sacarla para podérsela dar.
En cuanto consiga su paciencia le voy a ofrecer mi vida. Tal vez no le importe, porque es algo que tiene desde hace mucho.
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