miércoles, 9 de diciembre de 2015

Emergencias.

Odio los hospitales. Cuando era niña, había días en los que al abrir los ojos me encontraba en una sala de urgencias o en una sala de hospital llena de bebés llorando. Yo no  recordaba nada de lo que había ocurrido, hasta que veía a mi mamá con cara de sufrimiento que me decía: convulsionaste otra vez.
En esa época  no entendía a que se  refería. Para mí convulsionar era abrir los ojos en  una sala de hospital. Había veces peores que otras, una vez desperté en una tina con  hielos, en  Reynosa (no se lo deseo a nadie), otra  vez desperté en  un cuarto de hospital y mi mamá me había comprado un libro de Capulina para leer, lamentablemente el libro se me cayó en la nica y quedó oliendo a pipí.

Ayer, por tercera vez, tuve que llegar corriendo a una sala de emergencias, mi bebé convulsionó. El pediatra dice que la respuesta al aumento  de temperatura es hereditario. Es mi culpa entonces.

Yo quería que mi bebé supiera que su mamá estaba ahí y que no me iba a mover hasta que no despertara del todo. Las manos me comenzaron  a temblar y no  pude evitar llorar. La doctora de urgencias me decía: es una  reacción al aumento de temperatura natural en niños de 1 a 5 años, no se preocupe.
Quería patearla, desconectar a mi bebé y meterme en una cueva a cuidar a mi cría.


Odio los hospitales.

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