jueves, 19 de junio de 2014

Crónicas chairas 1

Por un motivo que prefiero omitir, terminé en una sala de masajes.
Bueno, la verdad es que mi espalda ya no sirve.
Una compañera del trabajo me recomendó a una amiga suya que por 350 pesitos hace masajes relajantes y te ayuda con los dolores de espalda... pues fui. En este pequeño y retorcido pueblo no he conseguido hacer amigos, mucho menos conseguir buenos precios.

La primera vez que fui me recibió una tipa que me abrazó. ¿Por qué lo hacen? Detesto que me abracen.
Ya está, me dije, disfrutas tu masaje y te vas, aprovecha que te cuidan a los niños hasta las 9.

El masaje fue maravilloso. Me devolvió una serenidad que no sentía hacía muchos años. Omití los comentarios de la tipa esta sobre conocer mi cuerpo con sus manos para hacer un diagnóstico y bla bla. Me relajé y dejé que mi cuerpecillo hiciera lo mismo.

"Dos cesáreas, son muy violentas" "hay que sacar el frío de tu cuerpo"...el diagnóstico fueron varias contracturas y las chairadas esas del frío en mi corazón, digo en el cuerpo. Me recomendó acudir a 4 sesiones para que me dejara de doler la espalda.
Mientras me manosee igual de rico yo vengo, pensé.
Al despedirme, la morra volteó la cara y me dió un beso en el lado izquierdo y me abrazó otra vez. "Corazón con corazón" me dijo. Quise escupirle y salir corriendo, pero la morra manosea bien rico, es la verdad.
Me pidió que fuera a un temazcal a lo que me negué rotundamente. En Xalapa lo hice una vez, y casi mato a alguien de la desesperación. Eso lo tiene uno que hacer con muchas drogas relajantes encima y pues por ahora estoy incapacitada para consumir drogas. Es por eso que soportar estas clases de chairadas es tan complicado, estoy 100% sobria.
Si alguien me hubiera dicho lo que encontraría en la segunda sesión, no hubiera ido.
Pero si alguien me hubiera dicho que terminaría en este pueblo pequeño y retorcido, con dos hijos, no le hubiera creído... en fin.

Continuará...

miércoles, 11 de junio de 2014

En el detalle está la excelencia (y el diablo)

Me gusta la letra J. Vengo a confesar, porque este sitio se ha vuelto eso, el lugar donde confieso y absuelvo mis pecados, al más puro estilo de Sabina (que me caga), que cada año recibo con alegría a Junio y despido con tristeza a Julio.

Cada día escribo en mi libreta la fecha con algún color. Ahí anoto mis pendientes y las tareas que voy realizando, para llevar un registro detallado y poder recordar en caso de ser necesario cuando hice cada cosa.
Como me gusta la letra J (no tanto como la o, la x, la a o la c) o más bien, me gusta escribirla, me alegro con la llegada de Junio que me permite poder escribirla durante dos meses consecutivos, así como cada semana me alegra poder escribir Jueves, con verde, porque los jueves son verdes.
(Los lunes son rosas, naranjas o amarillos, los martes son naranjas o amarillos dependiendo del lunes, los miércoles son azules o morados, los jueves son verdes, los viernes son rosas, azules o morados dependiendo del miércoles y los sábados son rosas o azules o morados dependiendo del lunes, viernes o miércoles, existen más variaciones, de pronto me pongo loca y uso rojo, plateado, negro, cafe, etc, pero es poco frecuente).

En fin. Eso y que desde hace semanas la calle de los coches rojos se ha vuelto más bien la calle de los coches blancos y no alcanzo a entender la razón.
Tampoco es que me quite el sueño, pero si mortifica poquito pensar que una semana se estacionan de 6 a 8 coches rojos y la siguiente son blancos.

Detalles.


(¿Qué pasa si come con otro tenedor? me preguntó David. Nada. Respondí después de unos segundos, francamente incómoda. Entonces, por qué sólo come con ese?. Para no matar gente. Respondí sudando. ¿Alguna vez ha matado a alguien?. No. ¿Entonces cual es el problema?. Ninguno...) Y lo dejé.

Todo comenzó cuando recordé que una de las cosas que más me gustaban de él era precisamente que se daba cuenta de mis manías y compulsiones, que jugaba con ellas, pero que al parecer no le molestaban. Que movía mi tenedor para observar mi reacción y confirmar que yo buscaba la forma de ocultar que necesitaba comer con ese tenedor (que hoy me hace tanta falta); que tenía un plan b, que el día que enloqueciera me raparía, me haría una gobolina de trapo y me daría unas crayolas para dibujar los días y sus colores correspondientes... y así.

Detalles.

martes, 3 de junio de 2014

Confesión

Muchas veces he creído que rebasé la línea de la locura. Me cuesta admitirlo, pero ha habido muchas ocasiones en las que creo que de plano ya se me fueron las cabras al monte.
Me ha ocurrido, por ejemplo, que no me reconozco en un espejo y de pronto me invade un temor horrible al descubrir que la persona que está en el reflejo soy yo y no una desconocida. Me ha pasado que veo calcetines convertirse en lagartijas o focos en relojes. Sacudo la cabeza y vuelven de inmediato a su forma original, pero la sensación que dejan estos eventos es de profundo temor a perder el contacto con la "realidad" de un momento a otro. Lo peor es cuando de mi boca salen palabras sin sentido para mis interlocutores, las "visiones" se pueden ocultar fácilmente puesto que nadie más se percata de ellas, pero las palabras que salen de mi boca sin mi permiso me hacen querer arrancarme el cabello y darme de latigazos. En una ocasión mi jefe me preguntaba que quién daba el mantenimiento a las áreas verdes de cierto fraccionamiento y yo respondí "4:40pm" pero con acento pueltoliqueño. Snif. Pensaron que estaba jugando y ciertamente sonreí nerviosa para que pensaran que era una broma. Un drama inmenso ocurría en mi interior mientras sonreía. No pude encontrar el motivo de semejante respuesta y semejante acento saliendo de mi boca, con mi voz... sin mi permiso.
Hay otras veces, como hoy, en las que me descubro dirigiéndome a un sitio al que no tengo nada que hacer. No como esas ocasiones en las que automáticamente uno llega a su destino, no, en este caso me descubro moviendo los pies, caminando hacia el baño, pensando "no tengo nada que ir a hacer allí, mejor debería apurarme y subir a los niños al coche" pero sin poder controlarlo y terminando el recorrido; para solo entonces poder continuar con lo que sí tengo que hacer.

Por este tipo de situaciones, una preocupación ocupo mi mentecilla durante estos últimos meses. Ha quedado resuelta por el momento y fue calmada por una palabrita que salió de la boca de mi hijo mayor.
Le pregunté antes de su cumpleaños: Quién va a cumplir años!? Y me respondió sonriendo, mientras se tocaba el pecho: YO!. Entonces pregunté: y quién te va a comprar un pastel!? Y entonces respondió señalándome: TÚ!
Llego a abrazarlo y a besuquearlo y me quita diciendo: "No mamá!". Me retiro sonriendo.

Él no está loco. Snif.